Inizio (Home) > News & Info > 12/10/1979 Giovedì 23 marzo 2017
 

Messaggio al Congresso di Saragozza


 
 
 
 
PAMI

 

Señor cardenal legado

Venerables hermanos en el epis­copado

 

Amadísimos hijos en Cristo: ¡La paz del Señor sea siempre con vosotros!

Es para mí motivo de gran satis­facción asociarme, como en una única demostración de gratitud y afecto filial hacia la Madre de Dios, con todos cuantos os habéis reuni­do estos días en Zaragoza, en torno a la Virgen del Pilar, para partici­par en los dos congresos internacio­nales ahí celebrados: el VIII Mariológico y el XV Mariano.

Y en vosotros, congresistas, salu­do también cordialmente a todos los hijos de la Iglesia, estudiosos o peregrinos, que, atraídos por la presencia siempre acogedora de María, han venido a Zaragoza para robustecer el espíritu.

Un saludo especial y entrañable quiero dirigir hoy a todos los hijos de la noble nación española, cuya distinguida piedad mariana y cuyo fervor por cuanto significa honor para la Madre de Dios tienen pulsa­ción propia, desde época inmemorial, a ritmo con su historia y su creciente patrimonio espiritual.

 

1. En efecto, desde los primeros siglos del cristianismo aparece en España el culto a la Virgen, como consta por Algunos monumentos de la antigüedad de los que se conser­van preciosos testimonios. Ese cul­to se vio enriquecido y renovado por la labor incansable de los gran­des santos, gloria de la España mo­zárabe, como Isidoro de Sevilla, Il­defonso de Toledo, Braulio de Zara­goza y otros; a ello contribuyó so­bremanera la liturgia de aquel tiempo, que celebró con especial devoción las fiestas marianas, creando también para ellas bellísi­mas oraciones y plegarias. Esta de­voción se acrecentó en la Edad Me­dia, como lo atestiguan el gran nú­mero de ermitas, iglesias, monaste­rios y santuarios dedicados a Nues­tra Señora y donde se veneraron imágenes que aún hoy siguen escu­chando voces de alabanza y confi­dencias del pueblo fiel. La literatu­ra y el arte, la hagiografía y la vida de la Iglesia se han dado cita, como en un certamen de familia, para unirse a María en un canto perenne del Magníficat; pregón de esa unión familiar con la Virgen y su figura en la historia de la salvación, es el rezo del santo rosario, propagado por los hijos de Santo Domingo de Guzmán. No os oculto mi admira­ción y mi emoción, cuando he visto palpitante, en tierras del Nuevo Continente, la devoción a la Virgen que junto con la luz del Evangelio sembraron allá los españoles.

Esta devoción mariana no ha de­caído a lo largo de los siglos en Es­paña, que se reconoce como «tierra de María». Los numerosos santua­rios diseminados como hitos de luz por todas las regiones españolas, cuyo símbolo es en éstos momentos la basílica del Pilar, son todavía testigos de la fe viva y de la devo­ción del pueblo español a la Virgen María, así como su expresión de vi­da cristiana que yo, como Supremo Pastor y Sucesor de San Pedro, quiero bendecir y alentar.

Vosotros, queridos congresistas, sois hoy los testigos cualificados de esa devoción a María, que forma parte del rico patrimonio espiritual de la Iglesia.

 

2. Al tiempo que os recuerdo to­do esto, que puede ser estímulo pa­ra acrecentar vuestra vida de piedad, no quiero dejar pasar esta oportunidad sin animaros a conti­nuar por ese camino y por el de la renovación interior, base de la re­novación cristiana y eclesial.

El culto mariano, como enseñó mi predecesor de feliz memoria, el Papa Paulo VI, en el gran documen­to Marialis cultus, subordinado al culto a Cristo Salvador y en cone­xión con El, es una poderosa fuerza dé renovación ulterior (cf. n. 57); porque el culto verdadero incluye la imitación, como nos recuerda el Vaticano II (cf. Lumen gentium, 67) y María, que es la primera cristia­na, nos lleva y nos acerca irás a Cristo. Ella es modelo para todos los fieles; y lo es porque nos mueve a imitarla en las actitudes funda­mentales de la vida cristiana: acti­tud de fe, esperanza, caridad y obediencia. María es el ejemplo de ese culto espiritual, que consiste en ha­cer de la propia vida una ofrenda al Señor. Su fíat, aceptando la realiza­ción de la Encarnación, fue luego permanente y definitivo en su vida; por lo mismo, nos manifiesta una actitud ejemplar para todos los se­guidores de Jesús, que se precian de adorar al Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 24). Cuando salu­damos a María como la llena de gracia (cf. Lc 1, 28) debe brotar en nuestros corazones el deseo eficaz de vernos adornados y enriqueci­dos con el tesoro de la gracia y de la amistad divinas. Como María llevó en su seno al Salvador, así también nosotros debemos llevarlo espiritualmente en nuestro corazón, co­mo dice San Agustín (Serm. 180, 3; MORIN, Ser. post Maurinos reperti, Roma 1930, p. 211). Todo esto con­tribuye a la auténtica renovación interior y a que reflejemos en noso­tros la imagen de Jesús, para lo que fuimos predestinados según los de­signios divinos, como nos enseña San Pablo (cf. Ef 1, 11-13; Rom 8, 28-30).

En el Decimoquinto Congreso In­ternacional Mariano habéis estu­diado la figura de María y la misión de la Iglesia. Efectivamente, según una feliz expresión teológica, María y la Iglesia están estrechamente unidas, por voluntad de Dios, en el plan de la redención: ambas engen­dran a Cristo aquí, en esta tierra (Isaac de Stella, Serm. 51; ML 194, 1863). María dio el Salvador al mundo, realizando primero en sí misma el tipo de la Iglesia; y ésta, a su vez, siguiendo a María, continúa manifestándolo al mundo, a plas­marlo en el corazón de los hombres. Una Iglesia fiel a la acción del Espí­ritu Santo, al igual que María, tiene que dar testimonio de la unión en la fe y en la caridad, en Cristo Jesús. El espíritu mueve a los miembros del cuerpo eclesial a la comunión y exige a su vez de ellos una conduc­ta coherente con la dignidad de la vocación cristiana, una conciencia activa de que hay una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos (cf. Ef 4, 1 ss.). De ahí que en medio de la diversidad de «do­nes» se ha de tener presente esa unidad de fe y caridad, fundamen­to y culmen de la edificación ecle­sial bajo la animación del Espíritu divino y la guía de la jerarquía, a la que está confiado el cuidado de la grey (l Pe 5, 1 s.) en medio de las diversas esferas de la existencia humana (cf. Redemptor hominis, 21).

Consiguientemente, todos los miembros de la comunidad cristia­na, impulsados por el Espíritu de Dios y siguiendo su vocación ecle­sial, deben ser dentro de la socie­dad artífices de la unión de los hombres entre sí, promotores del diálogo, de la reconciliación, de la justicia social y de la paz. A través de la presencia de los cristianos y de su testimonio, la Iglesia realiza su vocación de «germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salva­ción para todo el género humano» (Lumen gentium, 9).

Clausuráis hoy esas jornadas, de las que debe quedar grabado en el recuerdo de todos que María es la personificación del verdadero discípulo de Jesús, que. encuentra su identidad más profunda en el servicio a la Iglesia, en transmitir a todos los hombres el mensaje de salvación.

María, Madre de la Iglesia, está siempre presente, con el ejemplo de su entrega a los planes de Dios y con su intercesión maternal, en las tareas evangelizadoras y en la preocupación de la Iglesia por las tareas de los hombres. «La carac­terística de este amor materno que la Madre de Dios infunde en el mis­terio de la Redención y en la vida de la Iglesia - como dije en otra ocasión - tiene su expresión en su singular proximidad al hombre y a todas sus vicisitudes. En esto con­siste el misterio de la Madre... Y en esto reconoce la Iglesia la vía de su vida cotidiana, que es todo hombre» (Redemptor hominis, 22).

Toda la Iglesia debe sentirse, pues, obligada, especialmente en nuestro tiempo, a iluminar con los valores evangélicos la vida de los hombres en todas sus expresiones: cultura, formas de pensamiento, juicios de valor que configuran la vida social, estructuras sociales, políticas y económicas. María nos inspira con su sencillez evangélica, con la pureza de su alma y con su consagración incondicional a la persona y a la obra de su hijo (cf. Lumen gentium, 56), cómo debe ser vivido y presentado a los hombres de hoy su misterio para que influya en la renovación de la vida cristia­na.

 

3. Mi exhortación a vosotros en éstos momentos es ésta: sed testi­gos vivos, luminosos, de la auténtica devoción mariana promovida por la Iglesia en la línea marcada por el Concilio Vaticano II, en parti­cular, cuando nos recuerda a to­dos: obispos, sacerdotes, religiosos y seglares, que la devoción a la Vir­gen debe proceder de la fe verdade­ra por la que somos movidos a reco­nocer las excelencias de la Madre de Dios, a amarla con piedad de hi­jos y a imitar sus virtudes (cf. Lu­men gentium, 67).

Necesitamos conocer mejor a María. Necesitamos, sobre todo, imitar su actitud espiritual y sus virtudes, base de la vida cristiana. De esta manera reflejaremos en no­sotros la imagen de Jesús. ¡Id con María a Jesús! Ella os recordará de continuo lo que dijo en las bodas de Cana: «Haced lo que Él os diga!» (Jn 2, 5).

A todos, finalmente, os doy mi bendición, con el mayor afecto, en el nombre del Padre y del Hijp y del Espíritu Santo. Así sea.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
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